“Tengo un trabajo donde tengo que vender y no puedo hacerlo porque me siento muy mal a la hora de contactar a los potenciales clientes, como que estoy molestando”. Estas fueron las palabras iniciales de una sesión de consulta que tuve ayer con una cliente que supera ligeramente los 30 años de edad.

Esta situación que relataba la consultante era más que una simple dificultad laboral, representaba una amenaza real para su estabilidad en la empresa y, en última instancia, para su fuente de ingresos diarios, ya que este empleo era su única fuente de sustento.

Entonces, ¿cuál era el origen de este problema? La respuesta, una vez más, se remontaba a su infancia, a esos primeros años en el jardín de infantes, donde uno de sus compañeritos se burló de ella debido a una característica particular de su rostro. Fue en ese momento que ella internalizó la creencia de que mostrarse tal como era podría ser peligroso y de que no era suficiente para los demás.

En nuestra sesión, trabajamos juntos para desentrañar las capas de creencias limitantes que habían sido forjadas en esos primeros años de su vida. Fue un proceso delicado, pero necesario. Lo que hicimos concretamente fue, a partir de su ultimo conflicto al contactar a un cliente, buscar las emociones “guardadas” y creencias asociadas a ellas, las cuales nos llevaron a ese primer momento en el jardin de infantes. Ella pudo perdonar a ese niño e interpretar la situación de un modo distinto. Al terminar el ejercicio, ya no veía como conflictiva la situación a partir de la cual comenzamos: el miedo a contactar a este prospecto.

No puedo predecir con certeza cómo este ejercicio reciente afectará la vida de mi cliente a largo plazo, pero tengo una profunda convicción de que ya ha experimentado un cambio significativo en su perspectiva. Ahora, cuando se enfrente a la tarea de contactar a potenciales clientes, probablemente no lo hará desde el lugar de sentirse como una molestia, sino desde una posición de confianza en sí misma y en su capacidad para ofrecer valor a los demás.

Este caso subraya la importancia del autoconocimiento. A menudo, nuestras barreras emocionales pueden ser más limitantes que cualquier obstáculo externo que enfrentemos en nuestra vida profesional. Superar estas barreras requiere introspección, apoyo y la voluntad de enfrentar conflictos y creencias arraigadas en nuestro pasado.

Es un recordatorio de que todos llevamos dentro la capacidad de transformarnos y crecer, liberando nuestro potencial y superando las limitaciones que nosotros mismos hemos construido con el tiempo. Mi cliente dio el primer paso hacia esa transformación, y estoy emocionado de ser parte de su viaje hacia una vida laboral más plena y exitosa.

En última instancia, esta historia nos recuerda que nuestras experiencias de la infancia pueden tener un impacto duradero en nuestra vida adulta, pero también nos enseña que tenemos el poder de cambiar nuestras creencias y liberarnos de las cadenas del pasado.

Así que te invito a reflexionar sobre tu propia historia y a considerar cómo las experiencias de tu pasado pueden estar afectando tu presente. ¿Qué creencias limitantes has internalizado? ¿Qué obstáculos emocionales te j*den la vida hoy?

¡Un gran saludo!

Ezequiel

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